Y hablando del
movimiento incesante de péndulo de la vida, y del papel que le corresponde a
nuestra conciencia en este viaje de expansión y compresión universal, para el
que tenemos billete en primera fila, resulta doloroso asistir cada año a la rememoración
de alguna de las aparentemente infinitas cabronadas, belicosas y sanguinolentas,
en las que nos hemos visto envueltos los seres humanos a lo
largo de la historia.
Este verano ha
sido el turno de Hiroshima. Pero no os preocupéis, pronto le tocará a la
estruendosa y violenta caída de no sé qué régimen fronterizo, el genocidio de
tal o cual pueblo, la reducción a cenizas de esta o aquella ciudad, Auschtwitz,
el Gulag, asaltos, atentados, pogromos, y así, suma y sigue, hasta la nausea.
Nunca faltan efemérides asesinas. Y eso porque son la salsa, al parecer, de
nuestra peripecia homicida sobre la faz de esta esfera, que vista desde la
distancia podrá parecer aburrida, pero que al aplicar la lupa encima recuerda
más bien a un circo cainita de atrocidades que nos deja como especie a la
altura del betún. No hay proeza técnica o filosófica que nos redima de tanta
hazaña macabra. Parece mentira que precisamente en este milagro azul, y no en
cualquier otro de los áridos mazacotes que pululan por la galaxia, se hayan
cometido tantas burradas, y hechas con tan mala hostia.
En cierto modo debería
resultar completamente natural para una conciencia bien alineada, llegar a
amar a la Tierra prescindiendo, obviamente, de los terrícolas. Me extraña que
entre las distintas formulaciones del novísimo ecologismo no haya llegado a
cuajar seriamente la opción –con vistas a cumplir unos mínimos requisitos de sostenibilidad- de hacernos todos el harakiri y listo. ¿Habéis
considerado cuán perfecto sería este círculo sin esos 7.000 millones de
langostas narcisistas que fagocitan su superficie en busca de un destino único y personal, pasando, claro está, por encima de
cualquier cosa, viva o muerta, que se les ponga por delante? Pues seguramente
continuaría surcando las arenas cósmicas con esa maravillosa ataraxia que la
caracteriza, girando en su discreta órbita por toda la eternidad. Entonces dejaría de girar, suavemente, sin
violencia alguna, con un delicioso chirrido. Luego se apagaría. Un fade out digno de toda una diva
interestelar.
Es curioso que hayamos tenido que irnos al quinto coño de la galaxia –exactamente a más de 6000 millones de kilómetros, que es la distancia considerable que tuvo que recorrer la Voyager 1 en 1990, antes de retornar la famosa postal de la Tierra titulada Pale Blue Dot- para asumir una evidencia tan elemental. No somos nada... O bueno, sí: un píxel azul pálido flotando sobre un rayo de luz en un cuadrante marginal de la inmensidad más oscura e inabarcable que se pueda concebir. Un buen baño de humildad que contrasta con nuestras ridículas mamonadas egocéntricas. Al ver la imagen uno no sabe si reír o llorar… así de amplia es la paralaje que separa cualquier atisbo antropomórfico de esa gélida perspectiva que supuso ver nuestra estrella plantada como una miserable chincheta en una esquina del gran retablo. Sólo la propia Voyager podría haberse atrevido a testimoniar ante esta aplastante manifestación de insignificancia. Una cosa de una objetividad tan brutal que repele, literalmente, cualquier pretensión del sujeto.
Los viejos
griegos solían recurrir a una palabra para medir la distancia que, como sucede en el
caso del pálido punto azul, separa cierta imagen de su sentido. Pero no sé,
sinceramente, qué eidos se puede extraer
de una estampa que, de puro inhumana, imposibilita el tránsito recto entre la
lente robótica que la imprime y el pensamiento que debería interpretarla, que
parece quebrar, en una gradación interminable de fundidos en negro, toda
correspondencia mínima inteligible entre lo que vemos -o mejor dicho, lo que no alcanzamos a ver- y lo que
podría significar. Es como si faltase algo, un punto de articulación, tierno y rosado, que hiciese las veces de mensajero. Un sentido perdido en la
inmensidad del arco que se abre entre la imagen abstracta y un sentimiento de una
agudeza imposible. Supongo que es demasiada distancia para una conciencia
humana, eso es todo. Al fin y al cabo, en esos 6000 millones de kilómetros que
separan al hombre de carne y hueso del punto azul pálido, cabe, como diría Carl
Sagan, toda la odisea de la especie: todas las vidas, todos los juicios, todos
nuestros destinos, grandes y pequeños, antes, ahora y para siempre…
Que yo sepa sólo
la voz alemana bild conserva un
ligero rastro de lo que el eidos implicaba
para nuestros antiguos: aspecto, pero sobretodo metáfora o símbolo, en el sentido de
aquello que en la superficie de lo que se muestra mantiene el trazo profundo de su esencia. Durante siglos el hombre, creyendo que podía aspirar
a la verdad del mundo, vía eidos, y
que esta verdad le haría de alguna manera libre, o que al menos le devolvería
un no sé qué de autoestima perdido en el momento en que el pecado original
separó al ser de sus apariencias –según otros relatos, la propia conciencia humana-,
se ha pasado la vida tratando corregir esta especie de estrabismo primigenio
para poder enfocar el instante en que el mundo se le presentaría tal como es. Jamás le bastó a este
bípedo con la adecuación más o menos correcta entre los hechos y sus
proposiciones, lo que aún supondría una cierta distancia crítica y, por
consiguiente, una mínima posibilidad de fake.
Un monito ambicioso, desde luego. Lo que buscaba, raca que raca, era ese
instante de sincronía perfecta… una lengua de fuego cayendo a plomo sobre su
cabeza que liquidase toda sospecha de falsedad. Y la encontró. Vaya que si la
encontró...
El 6 de agosto
de 1945 una imponente columna violeta, de furiosa melaza burbujeante, se erguía
a más de mil metros de altura componiendo una estampa definitiva: el hongo de
la destrucción atómica. Conviene no olvidar esta secuencia: 17 kilotones de
fulgurante epopeya epistemológica arrasando 70.000 vidas en décimas de segundo… Nunca en la historia se había asistido a un eidos tan genuino; jamás una imagen fue capaz de poner de
manifiesto su contenido quiditativo de forma tan inmediata. El mismo fabuloso principio
que servía para explicar los entresijos mínimos de la materia, la misma
voluntad de poder que iba a aplastar el fascismo y democratizar, de paso, nuestra vida
doméstica, expresada en un único destello apocalíptico en su doble sentido:
revelación –aletheia, catafasis, etc-
y los siete sellos crujidos de la destrucción masiva. Si el punto azul pálido representaba una
Verdad Absoluta, una fría mirada omnisciente acerca de nuestro destino,
entonces Hiroshima sería su negativo:
una Verdad Abrasadora, una de esas certezas que no
necesitan del hombre para explicarse a sí mismas, que ya en su inmediata presencia
desnuda expresan y agotan (sobretodo agotan) sus últimos contenidos.
Resulta difícil mantenerse sereno en la noche sabiendo que estos dos polos
de la verdad tiran de nosotros hacia el sumidero. Y uno se
pregunta si no hay una imagen más limpia, un eidos, por así decirlo, de andar por casa, que pudiese restituirnos el
gusto por este extrañísimo fruto que es la vida... Pero de hecho, lo hay. Exactamente a 380000 kilómetros de casa; la distancia a la que se encontraba el
Apolo 8, el 24 de diciembre de 1964, cuando uno de los tres tripulantes de la nave, el astronauta Bill Anders, tuvo la increíble fortuna de experimentar esa clase de asombro, humilde pero aún lleno de posibilidades, que devuelve todas las autenticidades frenéticas, todos los anonadamientos nihilistas, a dimensiones estrictamente humanas. Fue en ese preciso momento, sin previo aviso, cuando Anders vio alzarse nuestro planeta como un portentoso disco azulado por encima del horizonte lunar. Un amanecer tan inesperado, y de una belleza tan abrumadora, que tomó su rudimentaria cámara y se puso a tirarle fotos por la escotilla. Para entonces había dejado de ser astronauta en misión científica: era niño en un planetario, era espectador
de 2001, era el Major Tom de David Bowie. Aún a día de hoy es imposible contemplar esta imagen y no rendirse a la evidencia de que haber nacido en un lugar así es un chollo de proporciones cósmicas. Yo no sabría decir sí hay más objetividad en el pálido punto azul, o una evidencia más deslumbrante en la explosión de Hiroshima, pero sé que hay muchísimo más futuro en este amanecer azul. De hecho, no hace falta ser Bill Anders... cualquiera puede asomarse a la ventana y contemplar la pálida compañera, en su giro incondicional, para entender que aún en nuestra infinita modestia, somos importantes para alguien, que alguien nos necesita, y que nosotros también necesitamos a alguien. ¿Y qué se supone que debería sentir un hombre al levantarse con la poderosa corriente de la vida por encima de sus instintos, de su composición meramente química, de la suma de todos sus átomos, mientras planea por debajo de los rádares a resguardo de las ideologías y de sus destinos atroces? Para qué poetas en tiempos de penuria, llegó a preguntarse Heidegger, cuando la maquinaria cuya insignia portó en la solapa se había especializado ya en la fabricación de cadáveres. ¿Para qué poetas, Martin? ¡Para qué mujeres y hombres! Que de profetas ya vamos servidos. Es muy sencillo: entre verdad y verdad, el hombre elige la vida. Eso es todo. Esa es nuestra medida. Y ese es también nuestro hogar.

Así que en cierto blog de buenas a primeras me insultas. Imagino que me juzgas por mis ideas y simplemente por eso ya te caigo mal. Pues nene, te jodes y te aguantas, deberías aprender el significado de la palabra tolerancia. Y que yo sepa nunca te falté al respeto, claro que con el tema del multinick nunca se puede estar seguro. Pero en fin, tu mismo quedas a la altura del betún, retratado con tu comportamiento soez. Por cierto, ese material que dices servir para entretenerme? Sólo te diré que ni siquiera leo sus artículos, mira que cosas.
ResponderEliminarUn pálido punto azul? Un pálida muestra de ser humano es lo que eres tú, que traduciéndolo viene a decir que eres un pobre y miserable GILIPOLLAS.
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